Sunday, January 14, 2007
MIRAR BUENOS AIRES
Domingo de tarde temprano. Día soleado y con brisa que más que verano parece primavera, a no ser por la fuerza impiadosa del sol de mediodía. Enero en Buenos Aires.
Salí a caminar temprano con la intención de quedarme leyendo un rato en el Jardín Japonés tomando el solcito y después disfrutar de un rico té con esas masitas japonesas que prometen descubrir un nuevo sabor. En el camino decidí pasar por la Plaza del Lector que está detrás de la biblioteca. Hacía rato que quería descubrirla. Siempre que pasaba por allí cerca estaba apurada, había tomado otro camino o iba con el perro que no es aceptado en ese lugar. Pero hoy había dejado a Mel en casa porque mi destino era el Jardín Japonés, donde tampoco es aceptada. Subiendo las escaleras vi que había una exposición de fotografías y me interesó mirarla.
La primera era de un señor algo viejo que miraba un mapa de América con una lupa a través de una vidriera o transparente. Me dio ternura verlo tan ensimismado en su objetivo. Llevaba un maletín del que seguramente habría sacado la lupa. Me hizo acordar a H., mi amigo, abogado y ex-cuñado, quien también lleva una lupa en su portafolios para asegurarse de la veracidad de algún sello poco legible o acceder a la lectura de alguna letra chiquita. Me imagino que dentro de algunos años, él, tan aficionado a mapas y libros antiguos, bien podría estar en lugar de ese señor.
Después había una de un hombre mayor, a juzgar por el pelo canoso, vestido de traje o sobretodo oscuro pasando por debajo de una cinta de peligro de esas que ponen para que uno no pase por lugares en los que están trabajando. ¡Pero señor, habrase visto, hombre grande haciendo travesuras de muchacho!
Después había otra seguramente tomada en Alvear o en Quintana o algún lugar de la Reconcheta en que se veía la vereda delante de un hotel, una pareja de turistas sacando fotos, una señora impecablemente empilchada, y una mucama con impecable uniforme verde agua con voladitos blancos paseando dos impecables pichichos que seguramente tenían más papeles que su dedicada paseadora.
Seguía la fauna urbana con una multitud de personajes de la ciudad de los más diversos estratos sociales: una puta, un vendedor de helados, una mujer policía; gente en una manifestación, o haciendo huevo, o haciendo bromas; tipos laburando y otros que según ellos trabajan pero por la pinta lo que hacen son negocios y nada productivo; viejos decrépitos y jóvenes sin ilusiones; leyendo tranquilamente el diario o en actitud amenazante; una señora en una farmacia con un perrito haciendo un gesto que parece que dijera: “¿qué le pasa al pochochito de mamá?” (esa es imperdible!). Una colección de viejas pintarrajeadas y emperifolladas que merecen estar en una película de terror. Había una que me conmocionó: dos viejas caminando por una vereda que podría ser Lavalle cerca de Tribunales que tal vez fueran hermanas. Las dos enfundadas en sendos tapados de piel y con chalinas de colas de zorros. Los peinados y las caripelas de esas fulanas son de antología, sobre todo el peinado de la de la derecha! Me quedé un rato mirando, pero después huí porque ya me parecía sentir el olor a naftalina (pero de esa más cara, que viene perfumada) mezclado con una fragancia importada de un desagradable olor penetrante y dulzón.
Al terminar mi recorrido encuentro el nombre del autor: Luis Abadi. Un nombre para tener en cuenta porque supo capturar algunas de esas miles de imágenes que a diario cruzamos y que obviamente no podemos quedar mirando y desmenuzando.
Al final quedó trunco lo del té en el Jardín Japonés porque había una exposición de samurais y una cola larguísima de gente con chicos para entrar. Terminé quedándome un poco más allá leyendo mi trabajo al sol y después emprendí el regreso. Pasé por el Café del Lector, tomé un capuchino y corroboré el nombre del fotógrafo dándome otra vueltita por sus obras. ¡Son geniales!
Salí a caminar temprano con la intención de quedarme leyendo un rato en el Jardín Japonés tomando el solcito y después disfrutar de un rico té con esas masitas japonesas que prometen descubrir un nuevo sabor. En el camino decidí pasar por la Plaza del Lector que está detrás de la biblioteca. Hacía rato que quería descubrirla. Siempre que pasaba por allí cerca estaba apurada, había tomado otro camino o iba con el perro que no es aceptado en ese lugar. Pero hoy había dejado a Mel en casa porque mi destino era el Jardín Japonés, donde tampoco es aceptada. Subiendo las escaleras vi que había una exposición de fotografías y me interesó mirarla.
La primera era de un señor algo viejo que miraba un mapa de América con una lupa a través de una vidriera o transparente. Me dio ternura verlo tan ensimismado en su objetivo. Llevaba un maletín del que seguramente habría sacado la lupa. Me hizo acordar a H., mi amigo, abogado y ex-cuñado, quien también lleva una lupa en su portafolios para asegurarse de la veracidad de algún sello poco legible o acceder a la lectura de alguna letra chiquita. Me imagino que dentro de algunos años, él, tan aficionado a mapas y libros antiguos, bien podría estar en lugar de ese señor.
Después había una de un hombre mayor, a juzgar por el pelo canoso, vestido de traje o sobretodo oscuro pasando por debajo de una cinta de peligro de esas que ponen para que uno no pase por lugares en los que están trabajando. ¡Pero señor, habrase visto, hombre grande haciendo travesuras de muchacho!
Después había otra seguramente tomada en Alvear o en Quintana o algún lugar de la Reconcheta en que se veía la vereda delante de un hotel, una pareja de turistas sacando fotos, una señora impecablemente empilchada, y una mucama con impecable uniforme verde agua con voladitos blancos paseando dos impecables pichichos que seguramente tenían más papeles que su dedicada paseadora.
Seguía la fauna urbana con una multitud de personajes de la ciudad de los más diversos estratos sociales: una puta, un vendedor de helados, una mujer policía; gente en una manifestación, o haciendo huevo, o haciendo bromas; tipos laburando y otros que según ellos trabajan pero por la pinta lo que hacen son negocios y nada productivo; viejos decrépitos y jóvenes sin ilusiones; leyendo tranquilamente el diario o en actitud amenazante; una señora en una farmacia con un perrito haciendo un gesto que parece que dijera: “¿qué le pasa al pochochito de mamá?” (esa es imperdible!). Una colección de viejas pintarrajeadas y emperifolladas que merecen estar en una película de terror. Había una que me conmocionó: dos viejas caminando por una vereda que podría ser Lavalle cerca de Tribunales que tal vez fueran hermanas. Las dos enfundadas en sendos tapados de piel y con chalinas de colas de zorros. Los peinados y las caripelas de esas fulanas son de antología, sobre todo el peinado de la de la derecha! Me quedé un rato mirando, pero después huí porque ya me parecía sentir el olor a naftalina (pero de esa más cara, que viene perfumada) mezclado con una fragancia importada de un desagradable olor penetrante y dulzón.
Al terminar mi recorrido encuentro el nombre del autor: Luis Abadi. Un nombre para tener en cuenta porque supo capturar algunas de esas miles de imágenes que a diario cruzamos y que obviamente no podemos quedar mirando y desmenuzando.
Al final quedó trunco lo del té en el Jardín Japonés porque había una exposición de samurais y una cola larguísima de gente con chicos para entrar. Terminé quedándome un poco más allá leyendo mi trabajo al sol y después emprendí el regreso. Pasé por el Café del Lector, tomé un capuchino y corroboré el nombre del fotógrafo dándome otra vueltita por sus obras. ¡Son geniales!
Monday, January 08, 2007
Carteros eran los de antes
Cuando me dirigía al trabajo hoy a la mañana pasé, como todos los días, frente al correo. Allí estaban varios carteros listos a partir con sus bolsos rebosantes de correspondencia. Uno de ellos salió en la misma dirección en que yo iba y me dio la oportunidad de curiosear lo que sobresalía por encima del borde de su inmenso bolsón: folletería, resúmenes bancarios, sobres muy formales y algunos eran todos iguales (se ve que serían de alguna promoción).
Me acordé del cartero que conocí en mi infancia. Vivíamos en Florida, en un barrio de chalecitos bajos con jardines y el cartero recorría su zona en una bicicleta. “Vino el cartero” era una frase prometedora de novedades, de estampillas coloridas, en fin, de algo entretenido. Llegaban cartas de los familiares residentes en el interior y de los parientes y amigos de Europa. Cada una era una promesa de noticias de lugares desconocidos, cada cual tenía su olor particular que estaría dado por la tinta o el tipo de papel del que me acuerdo hasta hoy. Y si el remitente tenía el don de saber describir, te hacía vivir esos lugares y situaciones. Claro, no había televisión y uno estaba acostumbrado a “ver” las cosas con la imaginación. A veces traían fotos o alguna postal del lugar.
Para las fiestas llegaban cartas de todos lados a montones. Traían tarjetas de saludos de los que escribían regularmente y de los que cada tanto, o solo para las fiestas. Incluso te llegaban tarjetas de tus amigos que no veías asiduamente, o de una compañera de colegio. Durante varios años recibí tarjetas de C. S. quien fuera el portero Carlitos de mi escuela secundaria. Me escribía muy formalmente “que pase Usted felices fiestas en compañía de su familia”. Sí, así, de usted. Tengo guardada alguna como un tesoro, porque me recuerda que ese mismo señor que escribía con letra chiquita y prolija, era el cómplice que tocaba la campana del recreo unos minutos antes cuando había alguna profesora jodida tomando lección y nadie sabía nada. O que cuando tenía que cerrar la puerta a la mañana y te veía venir te hacía seña para que te apuraras y así zafaras de la media falta por llegar tarde.
Volviendo al cartero, era casi un amigo de la familia. Se lo saludaba cordialmente y en verano siempre había algo fresco para ofrecerle cuando llegaba en las horas de calor. Y para el 24, que en esa época era laboral nomás, inclusive para la administración pública, se lo convidaba con una sidra fresquita y se brindaba con él.
Ya no recibo más cartas personales por correo. Ahora me llegan las cuentas de gas, luz, teléfono, agua, celular y otras yerbas. Solo el banco me manda algo colorido, que son las miles de “ofertas” por ser cliente o tener alguna tarjeta en especial, que si lo comprás en cualquier otro lado te sale más barato. Hasta ellos ya dejaron de desearte "Felices Fiestas". Hasta hace poco tiempo atrás los laboratorios medicinales mandaban alguna tarjeta; incluso algunos pacientes pero que por añosos poco a poco se fueron muriendo.
Ahora, con los amigos nos mandamos cartas y fotos por Internet, nos dejamos mensajes en el contestador o mensajitos de texto en el celular.
La última vez que estuve en casa de mamá me traje una caja de metal que contiene un montón de cartas que mi abuelo escribió en 1910 a su madre mientras estaba haciendo el servicio militar en un lugar alejadísimo. También hay tarjetas postales de todos lados que le enviaban a él. Una verdadera joyita que iré desmenuzando de a poquito como cuando nos comemos algo riquísimo y queremos que nos dure mucho. Tal vez entre ellas esté una postal que él mandó a mi abuela diciendo nos vemos hoy a la tarde a tal hora. Él vivía en el mismo pueblo o en el de al lado; claro, en esa época ni había teléfono.
Me pregunto si los carteros de ahora tienen idea de lo mecanizada que está su profesión. ¿Será lo mismo para ellos entregar una carta comercial que una personal? ¿Tendrán conciencia de que sus antecesores llevaban bolsones cargados de sentimientos y que ahora solo llevan formalidades? Bueno, ellos en general son jóvenes y se reirían de las preocupaciones de una señora como yo.
Me acordé del cartero que conocí en mi infancia. Vivíamos en Florida, en un barrio de chalecitos bajos con jardines y el cartero recorría su zona en una bicicleta. “Vino el cartero” era una frase prometedora de novedades, de estampillas coloridas, en fin, de algo entretenido. Llegaban cartas de los familiares residentes en el interior y de los parientes y amigos de Europa. Cada una era una promesa de noticias de lugares desconocidos, cada cual tenía su olor particular que estaría dado por la tinta o el tipo de papel del que me acuerdo hasta hoy. Y si el remitente tenía el don de saber describir, te hacía vivir esos lugares y situaciones. Claro, no había televisión y uno estaba acostumbrado a “ver” las cosas con la imaginación. A veces traían fotos o alguna postal del lugar.
Para las fiestas llegaban cartas de todos lados a montones. Traían tarjetas de saludos de los que escribían regularmente y de los que cada tanto, o solo para las fiestas. Incluso te llegaban tarjetas de tus amigos que no veías asiduamente, o de una compañera de colegio. Durante varios años recibí tarjetas de C. S. quien fuera el portero Carlitos de mi escuela secundaria. Me escribía muy formalmente “que pase Usted felices fiestas en compañía de su familia”. Sí, así, de usted. Tengo guardada alguna como un tesoro, porque me recuerda que ese mismo señor que escribía con letra chiquita y prolija, era el cómplice que tocaba la campana del recreo unos minutos antes cuando había alguna profesora jodida tomando lección y nadie sabía nada. O que cuando tenía que cerrar la puerta a la mañana y te veía venir te hacía seña para que te apuraras y así zafaras de la media falta por llegar tarde.
Volviendo al cartero, era casi un amigo de la familia. Se lo saludaba cordialmente y en verano siempre había algo fresco para ofrecerle cuando llegaba en las horas de calor. Y para el 24, que en esa época era laboral nomás, inclusive para la administración pública, se lo convidaba con una sidra fresquita y se brindaba con él.
Ya no recibo más cartas personales por correo. Ahora me llegan las cuentas de gas, luz, teléfono, agua, celular y otras yerbas. Solo el banco me manda algo colorido, que son las miles de “ofertas” por ser cliente o tener alguna tarjeta en especial, que si lo comprás en cualquier otro lado te sale más barato. Hasta ellos ya dejaron de desearte "Felices Fiestas". Hasta hace poco tiempo atrás los laboratorios medicinales mandaban alguna tarjeta; incluso algunos pacientes pero que por añosos poco a poco se fueron muriendo.
Ahora, con los amigos nos mandamos cartas y fotos por Internet, nos dejamos mensajes en el contestador o mensajitos de texto en el celular.
La última vez que estuve en casa de mamá me traje una caja de metal que contiene un montón de cartas que mi abuelo escribió en 1910 a su madre mientras estaba haciendo el servicio militar en un lugar alejadísimo. También hay tarjetas postales de todos lados que le enviaban a él. Una verdadera joyita que iré desmenuzando de a poquito como cuando nos comemos algo riquísimo y queremos que nos dure mucho. Tal vez entre ellas esté una postal que él mandó a mi abuela diciendo nos vemos hoy a la tarde a tal hora. Él vivía en el mismo pueblo o en el de al lado; claro, en esa época ni había teléfono.
Me pregunto si los carteros de ahora tienen idea de lo mecanizada que está su profesión. ¿Será lo mismo para ellos entregar una carta comercial que una personal? ¿Tendrán conciencia de que sus antecesores llevaban bolsones cargados de sentimientos y que ahora solo llevan formalidades? Bueno, ellos en general son jóvenes y se reirían de las preocupaciones de una señora como yo.
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