Saturday, November 17, 2007
CIENCIA
Mi trabajo requiere una continua actualización y estudio. Hay que estar informado del último pedo que se tiró el científico más famoso para no quedar fuera de foco. En realidad yo estoy permanentemente fuera de foco. Me tomo mi tiempo para arrimarme de a poquito a los nuevos descubrimientos. Les doy un rodeo y los miro largamente, con cierta desconfianza. Observo qué cambia en su entorno, los toco despacito, me fijo si no tienen escondidos aguijones que lastiman…, los voy conociendo de a poco cada vez más, antes de abrazarlos.
Seguramente es muy poco científico, pero es lo que me sale. ¿Acaso es más científico tirarse de cabeza a aplicar la novedad para después descubrir que no sirve para lo que se creía y que además tiene un montón de efectos indeseados que perjudican? Tal vez lo sea, pero seguramente no es ético.
Me dan risa aquellos que se ufanan de saber la última novedad y quieren aplicarla a toda costa. Son en general personas muy inteligentes, que se ocupan de leer y estudiar todo bien a fondo. Pero tan ensimismados están que solamente ven un punto en el universo. Para lo demás parece que tuvieran anteojeras. Me gusta escucharlos contando las últimas novedades; aunque por dentro, y tal vez por cierto grado de soberbia de mi parte, siento un leve desprecio mezclado con tolerancia, mientras sonrío amablemente y me asombro de tanta sapiencia.
LUPITA
A Lupita la conocí en un tenderete del Mercado de Parián. Vagabundeando por Puebla con Ememe, buscando en ese colorido revoltijo pequeños recuerdos, regalitos y alguna prenda para lucir. Estaba sentadita allí, con su vestido rosa con listones fucsia, junto a otra muñeca que igual que ella había salido de manos hábiles moldeando papel maché.
Cuando nos despedimos, Ememe la llevaba en una bolsa, cuidando que no se mojara con la lluvia que infaltablemente llegaba a su cita todas las tardes mexicanas.
Mi viaje y mi aventura siguieron y Lupita quedó en el olvido.
Cuando ayer a la tarde estaba esperando mi turno en la consulta con Ememe se produjo el reencuentro. Siempre que me toca esperar un rato recorro con la vista los miles de objetos distribuidos por estantes y muebles porque seguro hay algo que me sorprende. Esta vez, al recostar mi cabeza sobre el respaldo del sillón mis ojos se encontraron con ella. Estaba sentadita en el estante superior de una biblioteca y justo a la vueltita un caballo de calesita en miniatura, pero justo al tamaño de ella. Quedé extasiada viendo cómo entre ambos había una comunicación secreta y no podía apartar mi vista ni siquiera con los ojos cerrados.
Cuando la secretaria salió por un momento se produjo lo insólito. Lupita comenzó a hablarme, ¡me había reconocido! Me contó cosas increíbles: cuando no quedaba nadie en la casa, ella salía a pasear a lomo del caballo de calesita. Se habían hecho muy amigos. Y me contó que lo iban a visitar a Alonso, que al principio a ella le había dado miedo porque era un lagarto adulto que no siempre estaba de buen humor, pero que después se hicieron amigos; incluso una vez la llevó de paseo una vueltita por los estantes que le gustan más a él, le mostró las ricas ensaladas que Ememe le prepara y hasta le dio a probar. Otras veces se iban para la cocina y allí ella jugaba al tobogán en los cucharones. Un día que había quedado abierta la puerta al balcón se animaron a salir y admirar más de cerca un mural, pero cuando empezó a soplar el viento se asustaron mucho porque casi se los lleva y no salieron nunca más.
Allí justo volvió la secretaria para avisarme que podía pasar a mi consulta y la magia se cortó. Tal vez la próxima me siga contando…
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