Sunday, November 19, 2006
LOUISA
Esa tarde cargó sus cuatro hijitos pequeños en un carro y se fue arrastrándolo a la vera del río. ¿Qué pensaría mientras caminaba y se esforzaba con el carro por el camino desparejo?
¿Tal vez en su Austria natal ? Había nacido durante el imperio austro-húngaro en el seno de una familia rural. Vivían en el campo, pero estaban acomodados para su época y modo de vida. ¿Extrañaría su casa natal de la que guardaba como recuerdo una borla de seda que había estado encargada de recoger los pesados cortinados de la sala? Tal vez recordaba el fresco de esa habitación con olor a iglesia mientras caminaba por el camino polvoriento en esa tarde de calor, mientras el sudor cubría todo su cuerpo y dentro suyo se gestaba una nueva vida. O los prados verdes que había recorrido a caballo junto a su padre en esa silla de montar para damas que le habían regalado para su cumpleaños. Esas habían sido épocas felices.
Luego vino el viaje en barco cruzando el océano. Las dos estafas de las que fuera víctima su padre y por las cuales habían perdido toda su fortuna.
Se casó y vivió en la pobreza de los “Kirchenmäuse” (ratones de iglesia) con lo mínimo para alimentar a sus hijos y trabajando duramente haciendo tareas de mujer y de hombre. Pese a todo podría haber sido feliz en su matrimonio, pero no lo fue. Años más tarde se separaría definitivamente de su esposo.
Pero esa tarde todavía estaba casada y llevaba una pesada carga. No la de los cuerpecitos pequeños de sus hijitos que dormían plácidamente en el traqueteo del carro, sino la de su corazón endurecido y arrugado que había decidido no seguir más adelante.
Nadie supo a ciencia cierta si su pesar era por el desamor y los engaños de su marido, o porque ella amaba en secreto a otro hombre.
Solo se supo que un vecino la vio pasar y presintiendo que algo raro pudiera ocurrir la siguió, y antes de que deslizara el carro por el barranco que daba al río pudo detenerla. ¿Qué está por hacer, señora? Louisa lo miró sin ver con sus ojos color celeste acero, apretó más fuerte aún los dientes y los labios, y sin decir una palabra emprendió el regreso.
Esa noche los niños comieron papilla de sémola con leche. Esa noche, pese a que estaba endulzada con miel del bosque, tenía el sabor salado de las lágrimas. A Louisa le sabía amarga.
¿Tal vez en su Austria natal ? Había nacido durante el imperio austro-húngaro en el seno de una familia rural. Vivían en el campo, pero estaban acomodados para su época y modo de vida. ¿Extrañaría su casa natal de la que guardaba como recuerdo una borla de seda que había estado encargada de recoger los pesados cortinados de la sala? Tal vez recordaba el fresco de esa habitación con olor a iglesia mientras caminaba por el camino polvoriento en esa tarde de calor, mientras el sudor cubría todo su cuerpo y dentro suyo se gestaba una nueva vida. O los prados verdes que había recorrido a caballo junto a su padre en esa silla de montar para damas que le habían regalado para su cumpleaños. Esas habían sido épocas felices.
Luego vino el viaje en barco cruzando el océano. Las dos estafas de las que fuera víctima su padre y por las cuales habían perdido toda su fortuna.
Se casó y vivió en la pobreza de los “Kirchenmäuse” (ratones de iglesia) con lo mínimo para alimentar a sus hijos y trabajando duramente haciendo tareas de mujer y de hombre. Pese a todo podría haber sido feliz en su matrimonio, pero no lo fue. Años más tarde se separaría definitivamente de su esposo.
Pero esa tarde todavía estaba casada y llevaba una pesada carga. No la de los cuerpecitos pequeños de sus hijitos que dormían plácidamente en el traqueteo del carro, sino la de su corazón endurecido y arrugado que había decidido no seguir más adelante.
Nadie supo a ciencia cierta si su pesar era por el desamor y los engaños de su marido, o porque ella amaba en secreto a otro hombre.
Solo se supo que un vecino la vio pasar y presintiendo que algo raro pudiera ocurrir la siguió, y antes de que deslizara el carro por el barranco que daba al río pudo detenerla. ¿Qué está por hacer, señora? Louisa lo miró sin ver con sus ojos color celeste acero, apretó más fuerte aún los dientes y los labios, y sin decir una palabra emprendió el regreso.
Esa noche los niños comieron papilla de sémola con leche. Esa noche, pese a que estaba endulzada con miel del bosque, tenía el sabor salado de las lágrimas. A Louisa le sabía amarga.
Friday, November 17, 2006
ENANOS DE JARDIN (cont)
El enano de mi balcón parece estar a gusto.
No sé si es por su presencia o por la tierra abonada (o por ambas cosas), pero los coreopsis crecieron bárbaros y están dando unas flores preciosas. Son unas de las flores que más me gustan, junto a las gerberas, cuyo aspecto despeinado siempre me encantó.
No sé si es por su presencia o por la tierra abonada (o por ambas cosas), pero los coreopsis crecieron bárbaros y están dando unas flores preciosas. Son unas de las flores que más me gustan, junto a las gerberas, cuyo aspecto despeinado siempre me encantó.
Tuesday, November 14, 2006
LEMONCELLO
Hoy llegué tarde al grupo de estudio. En mi trabajo había quedado atrapada cual mosca en telaraña y me costó trabajo zafar.
Campa estaba de mal humor . Estuvo esperando casi media hora sin que llegara nadie. Ememe tenía unas uñas hermosamente prolijas y coloridas, pero parece que no sabía apreciar esas maravillas.
Lo que sí supo apreciar fue un lemoncello producto de las hábiles manos de Ememe. Era francamente una exquisitez. En mi vida tomé un lemoncello así de rico.
Trabajamos un rato y a la una nos fuimos rajando. Ememe preparándose para atender su consultorio, yo enfrente para ver si mi ausencia no causara problemas y Campa refunfuñando porque llegaría con el tiempo justo debido a que tenía que caminar muchas cuadras. Hoy estaba medio gatofloril pese a que le alabamos su camisa color terracota y se zampó el vasito de lemoncello.
Ojalá la semana que viene esté de mejor humor, y que no lo hagamos esperar como hoy.
Yo acabo de deleitarme con una copita de ese néctar tan exquisito como lo es la personita adorable que lo fabricó.
Hoy llegué tarde al grupo de estudio. En mi trabajo había quedado atrapada cual mosca en telaraña y me costó trabajo zafar.
Campa estaba de mal humor . Estuvo esperando casi media hora sin que llegara nadie. Ememe tenía unas uñas hermosamente prolijas y coloridas, pero parece que no sabía apreciar esas maravillas.
Lo que sí supo apreciar fue un lemoncello producto de las hábiles manos de Ememe. Era francamente una exquisitez. En mi vida tomé un lemoncello así de rico.
Trabajamos un rato y a la una nos fuimos rajando. Ememe preparándose para atender su consultorio, yo enfrente para ver si mi ausencia no causara problemas y Campa refunfuñando porque llegaría con el tiempo justo debido a que tenía que caminar muchas cuadras. Hoy estaba medio gatofloril pese a que le alabamos su camisa color terracota y se zampó el vasito de lemoncello.
Ojalá la semana que viene esté de mejor humor, y que no lo hagamos esperar como hoy.
Yo acabo de deleitarme con una copita de ese néctar tan exquisito como lo es la personita adorable que lo fabricó.
BICHOS COMESTIBLES
Fuimos a cenar con mamá y con mi hija. A mamá le encanta ir a comer a un restorán y a Be también le gusta. Como Be es casi bióloga y está haciendo su tesis de licenciatura con hormigas, el tema de los bichos aparece con frecuencia. Empezamos a hablar sobre los distintos bichos que se comen en todas partes del mundo, desde larvas hasta arañas y cucarachas. Creo que ni en pedo me comería alguno de esos tres. Las larvas me parecen asquerosas, a las arañas les tengo fobia y las cucarachas me parecen inmundas. Tal vez me animaría con los grillos y las langostas, que son más simpáticos y se parecen más a los camarones y langostinos.
Me acuerdo que de chica iba seguido a casa de mis padrinos, que vivían a una cuadra de la nuestra. En esa época los chicos podíamos ir por la calle tranquilos sin correr demasiados riesgos y ni siquiera hacía falta hablar por teléfono para avisar que habíamos llegado. Por otro lado casi ninguna casa tenía teléfono.
Mi padrino, que era Onkel W., era pintor y trabajaba todos los días desde temprano pintando prolijamente muchísimos dedificios. Pero los sábados se quedaba en casa. Mejor dicho se iba primero a la feria y en el puesto de los pescaderos compraba langostinos, se los llevaba a la casa y a eso de las 11 se los comía acompañados de una cervecita (o dos, no sé). Cuando yo llegaba lo encontraba sentado en el patio de su casa, que siempre tenía la puerta abierta, frente a una mesita disfrutando de su manjar. Me enseñaba como había que comerlos: primero se le sacan las mil patitas que tienen (creo que son diez, tendría que preguntarle a Be que esas cosas las tiene bien contabilizadas), después se desprenden las cascaritas que cubren su cuerpo (el exoesqueleto) y se desprende la cabeza para finalmente saborear su exquisita carne. Un dato importantísimo: no olvidar de chupar el contenido de la cabeza!!!! Con un sonoro shshshshsh, es francamente una exquisitez! Para mí era una fiesta y Onkel W. disfrutaba de tener en esa ahijada una alumna atenta.
Todavía hoy, cuando como langostinos, siempre me acuerdo de Onkel W., y siempre que el decoro de la ocasión lo permite, me chupo el juguito de la cabeza.
Be contó que en México preparan grillos al chocolate. Si tengo la ocasión creo que los probaré. Estoy segura que Onkel W. también lo hubiera hecho y que estaría satisfecho de haber inculcado por lo menos en una persona su inclinación por deleitarse con crustáceos.
Me acuerdo que de chica iba seguido a casa de mis padrinos, que vivían a una cuadra de la nuestra. En esa época los chicos podíamos ir por la calle tranquilos sin correr demasiados riesgos y ni siquiera hacía falta hablar por teléfono para avisar que habíamos llegado. Por otro lado casi ninguna casa tenía teléfono.
Mi padrino, que era Onkel W., era pintor y trabajaba todos los días desde temprano pintando prolijamente muchísimos dedificios. Pero los sábados se quedaba en casa. Mejor dicho se iba primero a la feria y en el puesto de los pescaderos compraba langostinos, se los llevaba a la casa y a eso de las 11 se los comía acompañados de una cervecita (o dos, no sé). Cuando yo llegaba lo encontraba sentado en el patio de su casa, que siempre tenía la puerta abierta, frente a una mesita disfrutando de su manjar. Me enseñaba como había que comerlos: primero se le sacan las mil patitas que tienen (creo que son diez, tendría que preguntarle a Be que esas cosas las tiene bien contabilizadas), después se desprenden las cascaritas que cubren su cuerpo (el exoesqueleto) y se desprende la cabeza para finalmente saborear su exquisita carne. Un dato importantísimo: no olvidar de chupar el contenido de la cabeza!!!! Con un sonoro shshshshsh, es francamente una exquisitez! Para mí era una fiesta y Onkel W. disfrutaba de tener en esa ahijada una alumna atenta.
Todavía hoy, cuando como langostinos, siempre me acuerdo de Onkel W., y siempre que el decoro de la ocasión lo permite, me chupo el juguito de la cabeza.
Be contó que en México preparan grillos al chocolate. Si tengo la ocasión creo que los probaré. Estoy segura que Onkel W. también lo hubiera hecho y que estaría satisfecho de haber inculcado por lo menos en una persona su inclinación por deleitarse con crustáceos.
Friday, November 03, 2006
ENANOS DE JARDÍN
Cuando llegué a casa de mamá me tenía preparada una sorpresa. ¡Y qué sorpresa! Ya me había adelantado por teléfono que este año tenía algo muy especial para regalarme para mi cumpleaños.
Enseguida de llegada, me llevó a ver que había mandado reparar unos enanos de jardín que tenían muchísimos años. Uno, el primero, había sido un regalo que mi abuelo materno les había hecho para la Navidad de hace exactamente 60 años. Él mismo lo había llevado en tranvía desde el negocio donde lo compró hasta la casa de mis padres. El segundo fue un regalo que hicieron mis padres a mi abuela paterna por lo encantada que había quedado del número uno, y había sido exactamente igual.
Número uno había tenido una vida agitada. Primero había sido atropellado por un perro y se había partido en muchos pedazos. Un hermano de mamá lo reparó y para disimular un remiendo le adosó un pequeño cinturón sobre el dorso de su chaqueta y además le hizo una base más alta y pesada para que no pudiera volver a caerse. Luego se le había quebrado un brazo que reparó papá. Había sido repintado muchas veces. Tanto él como número dos estuvieron relegados a algún rincón escondido en los últimos años realmente muy maltrechos.
Mamá había encargado a un señor al que yo le puse el título de “reparador de enanos de jardín” que los acondicionara. Por cierto que este buen hombre se dio bastante maña para reparar brazos rotos, pipas y puntas de caperuzas partidos. Luego, ay! vino la pintura. Le pusieron lo que había y quedaron con unas chaquetas de un “verdecito” para mí indefinido, pero que suelo ver en los cercos y las aberturas de las casas de los alemanes que viven en nuestro país. Las calzas amarillo huevo y ¡horror!, las caras y las barbas pintadas de un rosa uniforme en el cual se veían dos puntos marrones que significarían los ojos.
“Este es tu regalo de cumpleaños!” me dijo mamá encantada. Era tal mi espanto que tuve que hacer esfuerzo para que no se reflejara en mi cara. Creo que lo logré, porque siguió contándome toda la historia de los venerables enanos.
Tengo el recuerdo de ese enano en los patios y jardines de mi infancia. Yo siempre lo miraba con respeto, puesto que me habían enseñado que era una persona mayor. En esa época y en mi familia cualquier adulto debía ser respetado por los niños y jamás se iba a decir en presencia de éstos alguna crítica sobre aquellos. Me gustaban sus vivos colores y su capucha puntiaguda.
Cuando crecí mis gustos cambiaron y los enanos de jardín y toda la fauna que los acompaña me resultaron siempre insoportablemente cursi. Y ahora me tenía que llevar uno a mi casa! Mamá hasta quería de me llevara los dos! Tenía pocas opciones: decirle claramente que no me llevaría esa porquería, lo cual creí terriblemente cruel hacia una anciana, o resignarme a mi suerte y por lo menos hermosearlo un poco. Luego comenzamos a inspeccionar el trabajo de reparación y aproveché la oportunidad para hacerle saber que tenían una falta de expresión total y que habría que pintarles las barbas por lo menos de blanco. Como todavía estaban todos los tarritos de pintura, al rato estaba calzada con un delantal de trabajo poniendo cara de pintora artística. De a poquito empezaron a tener pelos, cejas y barbas como corresponde a su dignidad de enanos, que no sé por qué extraña razón siempre son canosos y barbudos. Repinté por aquí y por allá los lugares desprolijos, y el lunes a la mañana fui a comprar pintura verde oscura para las chaquetas y además las calzas quedaron de color ocre. Ya que era imposible no llevarlo, por lo menos que no fuera tan horrible.
Mientras hacía el trabajo hasta llegué a encariñarme un poco con ellos. Pensaba divertida en las reacciones que tendría mi familia. Mi hija iba a poner cara de espanto y luego se iba a reír abiertamente de mí. Mi hijo se iba a reír más disimuladamente al principio y mirarme con una cara mezcla de burla y cariño o tal vez reír descaradamente.
Pero atentos mis vástagos! Los enanos revivieron, tal faraones luego de ser embalsamados, a una nueva vida. Después de 60 años de historia familiar siguen firmes con sus cuerpitos de cemento esperando otros 60 años más. Y para vuestra tranquilidad hay dos: uno en mi balcón y el otro en el jardín de la abuela. Así que dentro de algunos años tendrán un hermoso regalo de Navidad!
No sé cual será más adelante su destino. Tal vez vayan a parar a alguna baulera para ser luego olvidados en alguna mudanza, o tal vez se rompan en algún accidente y serán escombros o tal vez sigan cumpliendo durante algunos años más su destino de grandeza de ser custodios de jardines antiguos y de las fantasías de algún niño soñador.
Enseguida de llegada, me llevó a ver que había mandado reparar unos enanos de jardín que tenían muchísimos años. Uno, el primero, había sido un regalo que mi abuelo materno les había hecho para la Navidad de hace exactamente 60 años. Él mismo lo había llevado en tranvía desde el negocio donde lo compró hasta la casa de mis padres. El segundo fue un regalo que hicieron mis padres a mi abuela paterna por lo encantada que había quedado del número uno, y había sido exactamente igual.
Número uno había tenido una vida agitada. Primero había sido atropellado por un perro y se había partido en muchos pedazos. Un hermano de mamá lo reparó y para disimular un remiendo le adosó un pequeño cinturón sobre el dorso de su chaqueta y además le hizo una base más alta y pesada para que no pudiera volver a caerse. Luego se le había quebrado un brazo que reparó papá. Había sido repintado muchas veces. Tanto él como número dos estuvieron relegados a algún rincón escondido en los últimos años realmente muy maltrechos.
Mamá había encargado a un señor al que yo le puse el título de “reparador de enanos de jardín” que los acondicionara. Por cierto que este buen hombre se dio bastante maña para reparar brazos rotos, pipas y puntas de caperuzas partidos. Luego, ay! vino la pintura. Le pusieron lo que había y quedaron con unas chaquetas de un “verdecito” para mí indefinido, pero que suelo ver en los cercos y las aberturas de las casas de los alemanes que viven en nuestro país. Las calzas amarillo huevo y ¡horror!, las caras y las barbas pintadas de un rosa uniforme en el cual se veían dos puntos marrones que significarían los ojos.
“Este es tu regalo de cumpleaños!” me dijo mamá encantada. Era tal mi espanto que tuve que hacer esfuerzo para que no se reflejara en mi cara. Creo que lo logré, porque siguió contándome toda la historia de los venerables enanos.
Tengo el recuerdo de ese enano en los patios y jardines de mi infancia. Yo siempre lo miraba con respeto, puesto que me habían enseñado que era una persona mayor. En esa época y en mi familia cualquier adulto debía ser respetado por los niños y jamás se iba a decir en presencia de éstos alguna crítica sobre aquellos. Me gustaban sus vivos colores y su capucha puntiaguda.
Cuando crecí mis gustos cambiaron y los enanos de jardín y toda la fauna que los acompaña me resultaron siempre insoportablemente cursi. Y ahora me tenía que llevar uno a mi casa! Mamá hasta quería de me llevara los dos! Tenía pocas opciones: decirle claramente que no me llevaría esa porquería, lo cual creí terriblemente cruel hacia una anciana, o resignarme a mi suerte y por lo menos hermosearlo un poco. Luego comenzamos a inspeccionar el trabajo de reparación y aproveché la oportunidad para hacerle saber que tenían una falta de expresión total y que habría que pintarles las barbas por lo menos de blanco. Como todavía estaban todos los tarritos de pintura, al rato estaba calzada con un delantal de trabajo poniendo cara de pintora artística. De a poquito empezaron a tener pelos, cejas y barbas como corresponde a su dignidad de enanos, que no sé por qué extraña razón siempre son canosos y barbudos. Repinté por aquí y por allá los lugares desprolijos, y el lunes a la mañana fui a comprar pintura verde oscura para las chaquetas y además las calzas quedaron de color ocre. Ya que era imposible no llevarlo, por lo menos que no fuera tan horrible.
Mientras hacía el trabajo hasta llegué a encariñarme un poco con ellos. Pensaba divertida en las reacciones que tendría mi familia. Mi hija iba a poner cara de espanto y luego se iba a reír abiertamente de mí. Mi hijo se iba a reír más disimuladamente al principio y mirarme con una cara mezcla de burla y cariño o tal vez reír descaradamente.
Pero atentos mis vástagos! Los enanos revivieron, tal faraones luego de ser embalsamados, a una nueva vida. Después de 60 años de historia familiar siguen firmes con sus cuerpitos de cemento esperando otros 60 años más. Y para vuestra tranquilidad hay dos: uno en mi balcón y el otro en el jardín de la abuela. Así que dentro de algunos años tendrán un hermoso regalo de Navidad!
No sé cual será más adelante su destino. Tal vez vayan a parar a alguna baulera para ser luego olvidados en alguna mudanza, o tal vez se rompan en algún accidente y serán escombros o tal vez sigan cumpliendo durante algunos años más su destino de grandeza de ser custodios de jardines antiguos y de las fantasías de algún niño soñador.
Memoria
Mi memoria nunca fue buena.
Hay muchísimas cosas que quisiera recordar y no puedo.
Hace poquito me enteré de pequeñas historias de mi familia de origen. Tal vez ya las habría escuchado antes. Algunas veces quisiera saber de historias que no quise o no me animé a preguntar. Otras las olvidé porque no presté atención o porque simplemente fueron tapadas por otras impresiones.
Recientemente escribí un relato sobre un episodio de enanos de jardín dedicado a mis hijos. Es por eso que quiero abrir este espacio. Es para la memoria. Primero la mía y luego para la de ell@s o la de mis hipotéticos niet@s, si es que un día decidan tener descendencia. Mientras tanto me quiero divertir y también a mis amigos, como M.E. y A. los que se rieron mucho con el cuento de los enanos.
Hay muchísimas cosas que quisiera recordar y no puedo.
Hace poquito me enteré de pequeñas historias de mi familia de origen. Tal vez ya las habría escuchado antes. Algunas veces quisiera saber de historias que no quise o no me animé a preguntar. Otras las olvidé porque no presté atención o porque simplemente fueron tapadas por otras impresiones.
Recientemente escribí un relato sobre un episodio de enanos de jardín dedicado a mis hijos. Es por eso que quiero abrir este espacio. Es para la memoria. Primero la mía y luego para la de ell@s o la de mis hipotéticos niet@s, si es que un día decidan tener descendencia. Mientras tanto me quiero divertir y también a mis amigos, como M.E. y A. los que se rieron mucho con el cuento de los enanos.
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